¿Cuántos de ustedes son mujeres y
cuántos son hombres?
La pregunta desconcertó a la
audiencia, pues, aunque todos sabían qué era cada cual, no había más que
mirarse, ninguno sabía si debía levantar o no la mano, pues su identificación
no le colocaba en ningún grupo determinado en el aula, ya que todos como grupo eran
todo, pero, a la vez, hacerlo le situaría en el suyo propio.
Mejor lo preguntaré de otro
modo, ¿quién de ustedes se siente diferente a como le clasifican los demás?
Nadie
levantó la mano.
Esta aparente confusión, ante la ambigüedad de
la pregunta, o esa falta de respuesta, ante su precisión, nos aproxima
simbólicamente al desconcierto que a veces puede surgir en la identidad sexual
de algunas personas. Llevamos tanto tiempo, toda nuestra vida, ubicándonos en
el mundo como mujeres u hombres, que, generalmente, no tenemos dudas de nuestra
identidad… ¿O sí?... ¿Alguno de ustedes no lo tiene muy claro?
Algunas
risas entremezcladas en el murmullo, delataron que el grupo desconsideraba esta
posibilidad.
Nuestra
carga genética, en su empeño por la perpetuidad, garantizará la necesaria
diferenciación en macho y hembra que necesita para reproducirse. Podría hacerlo
por sí misma, pero ¿imaginan lo aburrido que sería la reproducción de uno sin
la intervención del otro? A parte de lo agradable que resulta la unión de los
sexos para el intercambio de genes, la naturaleza lo hace para renovar su carga
genética, que, de otro modo, se iría deteriorando con el tiempo. Los hijos son una mezcla de
los padres, en todo (su carga genética es un combinado), menos en el sexo,
pues, o serán como la madre, mujer (con cromosomas sexuales “XX”), o como el
padre, hombre (con cromosomas “XY”). A nivel biológico un solo cromosoma,
combinado al azar, será el protagonista de esta diferencia. La mujer aporta en
todos sus gametos, o células reproductoras, el cromosoma “X”, mientras que en
el hombre, la mitad de sus gametos llevarán el cromosoma “X” y la otra mitad el
“Y”. De la íntima unión heterosexual de
los cuerpos surgirá un nuevo ser que llevará en sus células la combinación “XX”
(mujer) o “XY” (hombre). Esta carga genética determinará, desde el principio
del desarrollo del ser humano, una diferenciación del cuerpo en hombre y mujer.
Ya sé que todos saben esto, pero había que
mencionarlo, pues es el punto de partida de lo que será nuestra identidad
sexual
Al principio del desarrollo
embrionario somos anatómicamente casi iguales, después se van produciendo los
cambios que harán que al nacer el padre exclame: ¡Qué niña tan bonita! o ¡qué
niño más grande!
Es todo tan simple, pero a la vez
tan sutil y delicado, que si se produce alguna anomalía en esta etapa del
desarrollo, podría condicionar una posterior disarmonía entre “lo que uno se
siente y lo que los demás piensan que es”. Algunas alteraciones pueden
desencadenar respuestas hormonales, que favorecen diferenciaciones imprecisa, y
éstas condicionar un desarrollo psicosocial, que desubique, al individuo que
las presente, en un mundo rígido ante la diferencia de hombre y mujer.
La persona que padece alguna
indefinición anatómica , sufre lo suficiente por ella, como para que, además,
la sociedad lo maltrate con la marginación o el menosprecio por ello. Actitudes éstas condicionadas por el
instinto animal reproductor, que tanto condiciona nuestras conductas, y que la
cualidad humana debería desterrar como criterio de valoración de las personas.
Aunque, como decíamos el primer día,
solo seamos sexo, debemos ser algo más que genitalidad.
¿O alguno de ustedes cree estar vacío de
vida, cuando deja de mirarse en la entrepierna?
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